La de Lena Sjööblom es una de las carreras más delirantes de la historia de la tecnología. De entrada, porque cuando dejó huella en el sector no era ingeniera, ni matemática, ni física, ni nada que se le pareciera lo más mínimo. Tampoco tuvo que se sepa ningún momento “Eureka” ni aportó descubrimiento o invención alguna. No. Sjööblom era modelo. De modelo pasó a lo que entonces se conocía como “chica Playboy”. Y de las páginas de la revista de desnudos saltó a la investigación de primera línea que hoy, medio siglo después, nos permite disfrutar del formato de imagen JPEG.

Vayamos por partes.

A principios de los 70, Sjööblom, una inmigrante sueca de 21 años recién aterrizada en EEUU, se ganaba la vida como modelo. Para abrirse camino y probablemente sin la menor idea del recorrido que acabaría teniendo su imagen, a finales de 1972 aceptó posar desnuda para Playboy, revista que por entonces vendía millones de ejemplares en medio mundo. En una de las fotos centrales que le sacó Dwight Hooker, uno de los retratistas más famosos de la cabecera, aparece de espaldas, ante un espejo, sin más ropa que una pamela, una boa roja, medias y tacones.

Su trabajo gustó. Mucho. Al menos eso podemos deducir si se tiene en cuenta que el número de noviembre de 1972, en el que Sjööblom era la playmate principal y Pamela Rawlings aparecía en la portada, vendió 7,16 millones de ejemplares, lo que lo convierte en el más exitoso de toda la historia de la revista. Tan famoso se hizo el posado que en 1973 Woody Allen incluso lo coló en una de sus películas. Como ocurre a menudo con la fama, aquel súbito interés del público llegó, arrasó y, con las mismas, se evaporó. Sjööblom siguió con su carrera de modelo y, ya retirada, regresó a Suecia.

El lugar adecuado, en el momento justo

Azares de la vida, uno de aquellos 7,16 millones de ejemplares de la revista de 1972 acabó en manos de una persona ligada al Instituto de Procesamiento de Señales de Imágenes (SIPI) de la Universidad del Sur de Carolina, laboratorio en el que, por entonces, trabajaban en el procesamiento de imágenes y estaban sentando los cimientos de lo que acabarían siendo los estándares JPEG y MPEG. La coincidencia no tendría mayor interés si no fuera porque aquel lector llevó su Playboy al SIPI en el momento adecuado: justo cuando estaban buscando una imagen para sus pruebas.

Hoy puede parecernos descabellado que alguien se presente en la oficina con una revista de desnudos debajo del brazo. No en los 70. Como recuerda Lorena Fernández, de la Universidad de Deusto, en The Conversation, no solo era habitual que el personal se mostrase con su Playboy en equipos que, como el de Carolina, estaban formados únicamente por hombres. Estaba incluso bien visto, igual que hacerlo hoy con The Times o la guía con la programación de los documentales de La 2. En ese contexto la llegada de las fotos de Sjööblom fue tan bien acogida como proverbial.

Hacia junio o julio de 1973 el profesor de ingeniería eléctrica Alexander Swachuk, uno de sus estudiantes de posgrado y el gerente del SIPI estaban como locos buscando una foto que pudiesen escanear e incluir en una de sus presentaciones sobre la compresión de imágenes. Disponían de su propio stock, claro, pero estaba formado por archivos heredados de los estándares para televisión de principios de los 60, aburridos y trillados. El equipo de Swachuk quería un rostro humano y una imagen que además fuera brillante para garantizar un buen rango dinámico de salida.

¿Y qué mejor opción —pensaron— que el rostro de Sjööblom?

Saltándose todas las normas sobre los derechos de propiedad y el decoro, los investigadores echaron mano de la imagen de Playboy. Se quedaron solo con el tercio superior del póster central de la revista y lo situaron bajo su escáner Muirhead, equipado con convertidores analógico-digitales y un miniordenador Hewlett Packard 2100. Jamie Hutchinson detalla que para quedarse con una sección de 512×512 píxeles escanearon 5,12 pulgadas de la parte superior de la foto, lo que en la práctica mostraba solo el rostro de Lena Sjööblom, sus hombros y parte de la espalda desnuda.

El resultado mostraba un error de software que obligó al equipo a retocarlo, pero el equipo de Swachuk trabajaba a contrarreloj y decidió quedarse con la imagen distorsionada y alterada. El caso es que gustó. Igual que había gustado la sesión de fotos de Sjööblom en la Playboy de finales del 72. “Nos pedían copias y se las dábamos para que pudieran comparar sus algoritmos de imagen con los nuestros en la misma imagen de prueba”, recordaba tiempo después el propio profesor.

En el SIPI convirtieron el retrato de Sjööblom en una imagen de prueba para los trabajos de compresión digital y transmisión a través de Arpanet, el precursor de Internet. Y eso, con el paso del tiempo, tuvo un resultado imprevisible: la imagen de aquella modelo a la que todo el mundo empezó a referirse como “Lena” o “Lenna” y cuyo origen empezó a desdibujarse se convirtió en el estándar al que recurrían otros investigadores que querían comprimir archivos similares con sus algoritmos.

El rostro de aquella veinteañera sueca, con pamela y la espalda desnuda se replicó en libros, conferencias, artículos, viajó por el “Atapuerca” de Internet y ayudó a sentar las bases del formato de imagen JPEG. “Muchos investigadores conocen tan bien la imagen de Lena que pueden evaluar con facilidad cualquier algoritmo que se ejecute en ella. Por esa razón la mayoría de la gente del sector parece creer que Lena ha servido bien como estándar”, comenta Hutchinson. Además de ser una “imagen familiar”, la foto combina sombras, puntos claros y áreas borrosas y nítidas y detalles, una mezcla que la convierte en “una dura prueba para un algoritmo de procesamiento”.

Quizás lo más curioso de toda la historia es que tanto Playboy como la propia Lena Sjööblom estuvieron décadas sin saber la fama desorbitada —y el importante papel— del retrato de los 70. La primera en enterarse fue la revista, que en 1991 se encontró con la sorpresa de que una publicación científica, Optical Engineering, llevaba a su “miss noviembre 1972” en plena portada. Molestos, sus responsables se dirigieron a la International
Society for Optical Engineering
(SPIE).

Más aún tardó en enterarse la modelo, quien —relata Wired— no supo hasta bien entrados los años 90 que su rostro había estado sirviendo de “banco de pruebas” para investigadores de medio mundo durante alrededor de medio siglo. Por entonces Lena tenía 45 años y su apellido había cambiado tras haberse casado. Hoy se conoce como Lena Forsen. Curiosamente cuando la localizaron, en los 90, trabajaba en Estocolmo ayudando a personas discapacitadas a trabajar con ordenadores.

Eso sí, sin conexión a la Red.

Desde hace décadas, con Playboy en horas bajas y una sensibilidad que, por fortuna, haría impensable que un investigador se pasease con una revista de mujeres desnudas por su laboratorio, se alzan voces que piden jubilar a Lena. Es más, si en 1991 Optical Engineering llevó su imagen a portada hoy, directamente, hay publicaciones especializadas que ya no aceptan investigaciones en las que se utilice la foto del 72. No se trata ya solo de luchar contra la cosificación de la mujer; sino de borrar las señales que las aíslan a en un campo dominado durante años por hombres.

La propia Sjööblom, alias Lena o “Lenna” para generaciones enteras de informáticos, ha sido clara: “Dejé de ser modelo hace mucho tiempo. Es hora de que también me retire de la tecnología“.

Hoja de servicio no le falta desde luego.

Imágenes | Wikipedia y Wolfangs


La noticia

Cómo un póster erótico de Playboy ayudó a crear los JPEG y se convirtió, sin querer, en un icono tecnológico

fue publicada originalmente en

Xataka

por
Carlos Prego

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