Si te pasas por la librería de la Facultad de Medicina de la Universidad de Drexel, en Filadelfia, lo más probable es que te lleves un buen susto. Susto al que seguirá un gesto incómodo. Incomodidad de la que saltarás a la sorpresa. Y sorpresa que dará paso a la fascinación absoluta. Allí, encerrada en una vitrina acristalada situada en el Centro de Actividades Estudiantiles de la facultad, recibía a los visitantes hasta hace al menos un par de años un cuerpo humano diseccionado, alto, bien blanqueado y de ojos bulbosos con una expresión de superlativa y perenne sorpresa.

Lo más curioso es que el cadáver no conserva la piel.

Ni los músculos.

Ni las venas.

Ni los cartílagos.

Ni los huesos.

El cadáver, bautizado “Harriet”, es puro nervio.

Y lo es en el sentido más literal y pleno de la palabra. “Harriet” es fruto de la virguería quirúrgica de finales del siglo XIX, resultado de un trabajo meticuloso y pionero —tenía tanto de ambas que había quien lo creía imposible— elaborado hace más de 130 años por el doctor Rufus B. Weaver, un antiguo profesor del Hahnemann Medical College, ahora conocida como facultad de Drexel.

Quizás en la era de la impresión 3D la visión de Harriet remueva menos que en 1900, cuando la observaban los estudiantes de Medicina; pero el efecto revive al saber dos cosas. Uno, que Harriet son los restos de una persona real, una antigua empleada del centro que falleció con 35 años; dos, que para darle forma Weaver tuvo que armarse de paciencia y separar, filamento a filamento, todo el sistema nervioso. El proceso le llevó de cinco a seis meses y solo falló en la zona intercostal.

Esta es su historia.

Con ojo de anatomista y pulso de costurero

A finales de la década de 1880 el doctor Weaver era un profesional bien posicionado y respetado. Rozaba los 50, se había labrado fama identificando y retirando cadáveres de los soldados caídos en Gettysburg y ejercía desde hacía algún tiempo como profesor de Anatomía en el Hahnemann Medical College. En mente, sin embargo, Weaver tenía un proyecto que le permitiría ganar fama en EEUU y el extranjero: completar una disección total del sistema cerebroespinal. Durante sus viajes por Europa había visto trabajos parciales, pero ninguno que mostrase una “radiografía” completa.

La ayuda para su tarea le llegó, se cree, de donde menos esperaba: de Harrite Cole, una joven afroamericana que se dedicaba a limpiar el laboratorio de anatomía. A pesar de que tenía solo 35 años, el estado de salud de Cole era muy delicado. Padecía tuberculosis y sus fuerzas estaban muy minadas. Antes de morir en 1888, sin embargo, decidió donar su cuerpo a la ciencia y ofrecer al Dr. Weaver la oportunidad que estaba buscando para su ambicioso proyecto del sistema nervioso.

A lo largo de los seis meses siguientes, el profesor Weaver, armado con paciencia, vista y pulso de costurero, se dedicó a extraer todo el sistema nervioso cerebroespinal. Llega con echar un vistazo al resultado para entender que el trabajo era de todo menos sencillo. Solo la base del cráneo le exigió dos semanas de dedicación, casi medio mes durante el que cortó los huesos pieza a pieza para mantener intacta la duramadre y que los ojos permaneciesen unidos a los nervios ópticos.

Con ayuda de una finísima aguja separó los nervios craneales, la médula espinal y sus nervios. Luego echó mano de vendas, gasas y almohadillas empapadas en alcohol y aplicó pintura blanca a base de plomo y goma laca para preservarlos. Extraer y conservar el intrincado sistema de filamentos que daban forma al sistema de Harriet Cole fue solo parte del reto. Para dar forma a la composición que todavía hoy, 13 décadas después, sigue maravillando a los estudiantes de medicina de Drexel, tuvo que suspender el amasijo de fibras de una pizarra especial con miles de alfileres.

El resultado, bautizado “Harriet” en un guiño a la donante, sirvió a Weaver para sus clases de anatomía en el Hahnemann Medical College; pero su virguería no tardó en trascender las paredes del laboratorio e incluso los límites de Filadelfia. En 1839, unos tres años después de la muerte del profesor, el tablero se presentó y logró una distinción en la famosa Word’s Columbian Exhibition. Desde entonces, la imagen de Harriet se ha reproducido en libros, artículos… Aun hoy, más de 130 años después, el Legacy Center de la Universidad de Drexel recibe solicitudes de profesores que quieren utilizar sus imágenes para sus clases en universidades o centros de secundaria.

Con el paso del tiempo el foco se ha puesto también en la propia Cole. Hace años precisamente el Legacy Center decidió ir más allá de la historia heredada desde finales del siglo XIX y ahondar en la figura de la antigua limpiadora del Hahnemann. En concreto, se planteó algunas preguntas: ¿Existió realmente Harriet? Y si fue así, ¿Quién era? ¿Por qué donó su cuerpo? ¿En qué circunstancias lo decidió? ¿Sabía ella para qué usaría su cadáver el profesor Weaver? Durante su investigación encontraron muchos indicios y pruebas circunstanciales, pero no datos concluyentes.

El Legacy Center localizó en el censo una entrada de 1870 referida a una mujer afroamericana llamada Harriet Cole que trabajaba como empleada doméstica y vivía en Filadelfia, justo en el mismo distrito en el que tenía sus instalaciones el Hahnemann College; también un certificado de defunción con su nombre firmado en marzo de 1888 y que achaca la causa de la muerta a la tuberculosis. Es más, como “lugar del entierro” se señala el propio centro dedicado al estudio médico.

¿Significa eso que es Harriet la misma persona que, despojada de músculos, venas, huesos y cartílagos, seguimos viendo fijada con alfileres en la Universidad de Drexel?

La institución reconoce que es muy difícil saberlo. Los vacíos en las actas del centro entre 1869 y 1900 complican ir más allá. En cualquier caso, desliza que no es descabellado pensar que Harriet Cole era una mujer pobre que, ante la perspectiva de una muerte inminente, decidió legar su cuerpo a Weaver y evitar así a sus familiares los costosos gastos de un entierro. Aunque hoy nos pueda sorprender, en 1888 las donaciones no se documentaban con demasiado rigor y a menudo en las facultades de medicina recurrían a cadáveres sin reclamar de hospitales, prisiones y asilos.

Lo que hoy nos queda, sin duda, es la fascinante historia —incluidos sus vacíos históricos y los alardes de virguería quirúrgica— del mapa de nervios bautizado como “Harriet”.

Eso y los enormes ojos que aún siguen sorprendiendo a los estudiantes de Drexel.

Imágenes Drexel University (College of Medicine y Legacy Center)


La noticia

La fascinante disección de Harriet, el cadáver separado nervio a nervio que alumbró la medicina forense

fue publicada originalmente en

Xataka

por
Carlos Prego

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